10 de julio 2020

 

La situación en que hoy nos encontramos no es un fenómeno puntual y aislado, sino que tiene una trayectoria que es importante tomar conciencia. El año 2018, con la visita del Papa Francisco a Chile, quedó patente con mucha fuerza una crisis que en nuestra Iglesia de Chile se venía gestando y cuyos síntomas se fueron manifestando exteriormente, ya de manera notoria, a partir del año 2010. El 18 de octubre de 2019 se produce un estallido social que puso en evidencia una crisis social, política, institucional en nuestro país, que nos sorprendió a todos con una violencia que amenazaba destruir cuanto se le pusiera por delante. Finalmente, en marzo de este año 2020 llegó a nuestras puertas la pandemia que, no solo a Chile, sino que a todo el planeta nos tiene a todos viviendo puertas adentro, y que es lo que motiva esta reflexión a la que hoy ustedes, de Voces Católicas, me han invitado … 

 

Tres años intensos para los chilenos, y para los católicos chilenos en particular, donde, por distintas causas, se han gatillado fuerte y, por momentos, violentamente los síntomas de algo que parece ser más profundo de lo que inicialmente habíamos podido imaginar … El espacio físico se nos ha ido reduciendo, como si con esto se nos quisiera dar a entender de que no podemos huir a ninguna parte, y no nos queda otra alternativa que permanecer en la brecha, viviendo puertas adentro, en la brecha de estas tres realidades, que nos hacen tomar conciencia que no vivimos ni nos salvamos solos: la Iglesia, Chile, nuestro planeta tierra … ¿Cómo vivir entonces esta nueva normalidad anormal de puertas adentro?  ¿Cómo vivir puertas adentro como católico, en primer lugar, y luego como chileno, y, finalmente, como habitante de un mundo global … 

 

Como católico, miembro de este Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, y además como monje benedictino, mi intento de respuesta se inspira, en buena parte, en esa que san Benito pudo encontrar en su tiempo, siglos V y VI de nuestra era cristiana, un tiempo quizás tan desafiante como el que nos toca vivir hoy … San Benito estuvo tres años viviendo puertas adentro en una cueva en Subiaco, solo con Dios solo, aprendiendo a habitar consigo mismo, para descubrir finalmente que su respuesta – propuesta a una sociedad que se desmoronaba no podía ser otra que  tomar por guía el evangelio … Es mi intento también hoy para permanecer en esta brecha que no hemos elegido, pero que sí podemos elegir como vivir … Los invito entonces a no tener miedo y atrevernos a tomar por guía el evangelio, para aventurarnos en un peregrinar interior …

 

La acusación de sí mismo … 

 

Una interpretación que pudiéramos hacer de esta pandemia, así como del cambio climático, es que la naturaleza nos está acusando de algo: que hemos abusado de ella, que no la hemos cuidado … En esto podríamos reconocer una cierta analogía a lo que ya he mencionado con respecto a Chile y a la Iglesia: a través de una denuncia fuerte se nos ha puesto en evidencia que hemos fallado en cuidar a quienes son más pobres y vulnerables … Una reacción posible, cuando somos acusados, es la de defendernos, o de devolver la mano acusando también nosotros: es lo que vemos, lamentablemente, más de una vez en el espacio público … Sin embargo, en la tradición espiritual de la Iglesia, tomando por guía el evangelio, la respuesta sería, en primer lugar, acusarse a sí mismo … es decir, reconocer con humildad mi cuota de responsabilidad … y hacerse la pregunta: ¿a dónde vas Señor?

 

En la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) Jesús nos cuenta que un hombre honesto, consciente de su pecado, se dirige al templo para orar a Dios, y con gran humildad y fe, le dice sencillamente: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!”: y este hombre, nos dice el Señor, regresó a su casa justificado, es decir, con la paz y la bendición de Dios … En cambio, a una cierta distancia del publicano, y orando también a Dios, había otro hombre muy pagado de sí mismo que oraba de esta otra manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos adúlteros, ni tampoco como ese pecador que está ahí. Ayuno dos veces por semana, y pago los impuestos de todas mis ganancias” … La oración de este fariseo, a pesar de que oraba y cumplía con sus obligaciones religiosas y legales, no fue agradable a Dios, porque en lugar de acusarse a sí mismo se exaltaba a sí mismo y, además, despreciaba y acusaba a quien consideraba un pecador.

 

El salmo 50 es un buen ejemplo de la oración de un creyente adolorido por su pecado pero que no desespera de la misericordia de Dios

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa.

Lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado …

 

Te gusta un corazón sincero

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu;

devuélveme la alegría de la salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

 

Es necesario advertir que hay una falsa acusación de sí mismo, que puede conducirnos a una tristeza excesiva, y que debemos rechazar como una tentación del Maligno … La buena y verdadera acusación de sí mismo es fuente de vida nueva, que brota desde un arrepentimiento sincero, y que libera y desata el corazón … Nos devuelve la gracia de ser pequeños delante de Dios, sin necesidad de aparentar, como niños … y como niños, entonces, volver a sintonizar con la alegría del Reino de Dios … Para evitar caer en la tristeza de una falsa acusación de sí mismo, nos puede ayudar tener siempre a mano una oración como esta:

 

Jesús, contigo yo me perdono,

 

Jesús, yo afirmo tu victoria,

Jesús, yo confío en ti,

Jesús, yo creo en ti …

 

La acción de gracias …

 

El Señor nos dice que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Lc 15, 7) … La alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo, un fruto de la buena acusación de sí mismo … como nos lo enseña ese padre bondadoso que al recobrar a su hijo perdido exclama: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado …” (Lc 15, 22-24)

 

La buena acusación de sí mismo nos introduce en el seno del padre, como lo expresa tan bellamente ese cuadro de Rembrandt que representa el abrazo del padre con su hijo recobrado … y desde ahí recobramos una mirada limpia, que es la mirada del hijo que se siente amado y sostenido por un padre que es bueno y grande… Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8) … Desde ese lugar recobrado, que no está fuera sino dentro de nosotros mismos, primera meta de nuestro peregrinar interior, es que podemos volver a ver y reconocer a Dios en todo y en todos … y que hace exclamar a un Jesús jubiloso: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25) …

 

De esta nueva mirada recobrada, surge espontánea una oración de acción de gracias, de alabanza, como lo expresan bellamente tantos salmos o cánticos del Antiguo y del Nuevo Testamento. En el himno de las criaturas, atribuido a san Francisco de Asís, encontramos también un eco de esto: son palabras que brotan de un corazón profundamente enamorado y agradecido de su Creador:

 

Altísimo, omnipotente y buen Señor,

a ti la alabanza, la gloria, el honor y toda bendición.

 

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,

en especial en el hermano sol.

Con el cual nos das el día y nos alumbras,

y es bello y radiante con gran esplendor,

y lleva por los cielos noticia de su Autor.

 

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna,

de blanca luz menor,

y por las estrellas claras, que tu poder creó,

tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,

y brillan en los cielos.

 

Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua,

preciosa en su candor,

que es útil, casta, humilde.

 

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

que alumbra al irse el sol,

y es fuerte, hermoso, alegre.

 

Alabado seas, mi Señor, por la hermana tierra,

que es toda bendición, y que da en toda ocasión,

las hierbas, y los frutos y flores de color.

Amén.

 

Edificación del prójimo …

 

Llegados a este punto, el peregrinar interior tendrá necesariamente que irradiar hacia el exterior, movilizando una reconstrucción exterior que, como instalación de faenas, se orientará hacia la edificación del prójimo, con quienes puertas adentro toca compartir la cotidianeidad … 

 

A quien ya ha gustado el sabor de la oración de acción de gracias, el Señor le dice:

 

“Si, pues, al presentar tu ofrenda sobre el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano: luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5, 23-24)

 

Con quienes son sus prójimos el peregrino va descubriendo una permanente necesidad de reconciliación … porque en cada tensión y desencuentro se corre el riesgo de opacar la capacidad de alabar y agradecer … Se hace necesario una y otra vez poner en práctica ese consejo de san Benito que dice: “reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna discordia” (RB 4, 73) … Perdonándose recíproca y cotidianamente se va aportando, aunque sea mínimamente, a la reconciliación en la sociedad, en la Iglesia, en el mundo … Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9) …

 

Trabajando cotidianamente la reconciliación puertas adentro se va creciendo en eso de no anteponer nada al amor de Cristo … orando y reconciliándose setenta veces siete, cada día, se va preparando la ofrenda que se pondrá sobre el altar, cuando vuelvan a abrirse las puertas de los templos para la celebración comunitaria de la Eucaristía … 

 

San Benito en su Regla nos da también una hermosa enseñanza para edificar la comunidad con quienes se vive puertas adentro:

 

“Adelántense para honrarse unos a otros; tolérense con suma paciencia sus debilidades, tanto corporales como morales; obedézcanse unos a otros a porfía; nadie busque lo que le parece útil para sí, sino más bien para otro; practiquen la caridad fraterna castamente; teman a Dios con amor; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; y nada antepongan a Cristo, el cual nos lleve a todos juntamente a la vida eterna” (RB 72)

 

Volver al mundo …

 

“Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea” (Mt 10, 26) … Cuando se abran nuevamente las puertas de nuestras casas, de nuestras comunidades, de nuestras iglesias, los católicos no tendremos que poner el foco en reconquistar ese espacio público más visible del que ya no somos una parte tan relevante … Tengo la impresión que lo nuestro será más bien, tomando por guía el evangelio, llevar a Cristo a los corazones, anunciándolo no sólo con palabras sino, sobre todo, con una manera de vivir, que sea bella y amable a los ojos del mundo … porque vivir según el evangelio no puede sino irradiar belleza y amabilidad …

 

Cuando miro una imagen de la piedad, como esa de Miguel Ángel en mármol blanco, me impresiona ver a María con rostro sereno, imagen de la Iglesia, sosteniendo el cuerpo muerto de su hijo, imagen de toda persona que sufre … Volver al mundo para sostener, con María, a una humanidad que sufre: como ya lo están haciendo tantos buenos párrocos que en este tiempo de pandemia han permanecido junto a sus comunidades … como lo hacen personas que trabajan en instituciones como el Hogar de Cristo, cuidando y brindando un albergue a personas en situación de calle … o en hogares de adultos mayores … en hospitales … y también en claustros de monjes y monjas, donde a través de una oración solidaria, desde la retaguardia, se acompaña a quienes desde la primera línea hacen hoy de buenos samaritanos de sus hermanos … Sostener y acompañar con la palabra viva del evangelio, orando, escuchando … sin pretender grandezas que superan mi capacidad (salmo 130)

 

+Benito Rodríguez

Monje benedictino

 

 

 

La vocación fundamental del ser humano-amar y ser amado-, está relegada al final de la lista de prioridades en la sociedad chilena. Nos hace falta más amor, más ternura, más afecto, más misericordia. La anemia afectiva se manifiesta como una “globalización de la indiferencia” – como dice Francisco-, y en un individualismo y egoísmo irritantes.

Los resultados están a la vista: En Chile, aproximadamente 650 mil jóvenes, entre 18 y 29 años, no estudian ni trabajan; altas tasas de enfermedades mentales y suicidios entre ellos; miles de ancianos solos, abandonados, de los que nadie se preocupa, con tasas de suicidio cada vez mayores; miles y miles de mujeres abandonadas por sus maridos, cientos de miles de mujeres maltratadas. A ello, sumemos el hecho que de tres de cada cuatro de nuestros niños que han sufrido algún tipo de violencia en sus casas, vecindarios o colegios. La violencia y la soledad, en Chile son una pandemia.

El país apostó por un modelo que gira en torno al consumo, a la competencia, al tener más. Ello deja heridos en el camino, el Papa los llama “los descartados”. El modelo imperante apostó a que el bien individual prevaleciera por sobre el bien común, y ello llevó a que alguna de las más altas figuras del mundo civil, militar, policial, judicial, empresarial y también eclesial, se vieran envueltos en situaciones que han hecho mucho daño a todos los chilenos. Coludirse para aumentar el precio de los medicamentos, los alimentos y los servicios básicos es un pecado y un delito que clama al cielo, así como eludir impuestos, beneficiarse con recursos del fisco, usar las influencias para obtener favores, enriquecerse de manera ilícita, entre otros. Chile no apostó a que el entramado social girara en torno a la virtud, al compartir, a la austeridad, al amor al prójimo.

Hoy, en que se culpan los unos a los otros, los invito a que dejemos de mirar la paja en el ojo ajeno y miremos la viga que llevamos en el nuestro, a que reconociéramos el daño causado, y, como Zaqueo, pidamos perdón, volvámonos mal habido, y nos empeñemos en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna. Los cambios se verán en el corto plazo. Se acabarían las largas esperas en los hospitales públicos; se acabarían las brechas que dividen a los menos que tienen cada vez más y los más que tienen cada vez menos; terminaríamos, además, con los bingos, las rifas, las completadas y las alcancías en los supermercados para proveer de bienes y servicio a los que nada tienen y que en justicia les correspondería ser la primera prioridad de la sociedad.

Este es el camino que nos llevará a la paz social que tanto anhelamos. Por lo tanto, en mi opinión, la situación que vive Chile no es un asunto primordialmente económico ni político. Es mucho más profundo que ello; es un tema moral puesto que la pregunta que todo hombre se hace de cara a la vida ¿qué debo hacer?, se respondió de manera equivocada, y ello hace muchos años. La respuesta a la pregunta ¿qué debo hacer? ha de estar, desde hoy, centrada en el otro y no en uno mismo. Sólo así se terminará con las odiosas distancias que nos separan y que nos segregan. Sólo así, nos podremos mirar a los ojos como hermanos. Así tendremos paz, y en abundancia, porque habrá justicia. Allí comenzará una nueva primavera que nos llevará a sacar los cercos que nos dividen y que causan tanto daño y tanto dolor. Por último, si quieren conocer de forma magistral lo que nos está pasando, les recomiendo leer de León Tolstoi, la muerte de Ivan Illich. Es la historia de un enfermo grave que sólo quería que lo abrazaran, en definitiva, su gran enfermedad y, la peor de todas, era no tener la experiencia del amor que sana lo incurable y, sin el cual, como dice San Pablo, no somos nada. Que cierto es cuando Silvio Rodríguez dice, sólo el amor engendra la maravilla. ¿Es mucho pedir encauzar todo cuanto hacemos, decimos, y pensamos, en esta dirección?

Hago un llamado a la oración y al compromiso firme de todos a trabajar por el bien común, terminar con todo tipo de violencia. Los invito a comenzar la gran batalla, tal vez la más dura, la batalla contra uno mismo para terminar con todo lo que nos impide embarcarnos en la construcción de una sociedad a la altura de nuestra dignidad como seres humamos.

+ Fernando Chomali
Arzobispo de Concepción

Fuente: Comunicaciones Concepción
Concepción, 22-10-2019

Columna de Cristián Warnken

Hace unos años, en esta misma columna, a raíz de un incendio provocado por turistas en las Torres del Paine, usé la imagen de la iglesia de Notre Dame de París para decir que nuestros bosques, nuestros paisajes eran nuestras catedrales. Y comprobaba la gravedad de esos incendios con la posibilidad (entonces ficticia) de que un templo como el Notre Dame se quemara. ¡Lo impensado (ese incendio en el corazón de París que solo usé como imagen “provocadora”) finalmente ocurrió! Son tiempos en que la realidad supera a la ficción. Por eso me estremecí cuando vi a parisinos de todas las edades rezando o cantando de rodillas por “Nuestra Señora” en llamas. Notre Dame, Nuestra Señora: el eterno femenino, el “Ánima” de la que habla Jung, y que está en el centro de la fe cristiana y lo estuvo en ese activo y creativo medioevo.

 

Sigo creyendo —como lo manifesté en esa columna— que nuestros templos son nuestros bosques, nuestra Selva Fría, y que quien ha entrado en ellos siente la experiencia de lo sagrado, la siente a través de los sentidos. No por nada Neruda, que era ateo, caía de rodillas ante los bosques de hoja perenne y hablaba del bosque chileno como si fuera una catedral. Pero lo sagrado se ha ido retirando del mundo. Eso se ve en las iglesias vacías de Europa o reconvertidas algunas en hoteles boutique o incluso en centros de eventos o discotecas. Sin embargo, la conmoción unánime ante la sola posibilidad de que Notre Dame colapsara demuestra que una civilización no se deshace de lo sagrado como si nada. Muchos, en París, han entendido que una iglesia gótica, representativa de una fe muy antigua, tiene mas raíces en el corazón de cada francés que lo que ellos mismos creían.

 

La pregunta que debemos hacernos nosotros es: ¿Y qué es lo sagrado para nosotros los chilenos? ¿Cuáles son nuestros templos, cuál es nuestra “Notre Dame”, Nuestra Señora? Como somos más paisaje que país (lo dijo Nicanor Parra) como nuestros habitantes originarios no dejaron grandes monumentos como otras culturas precolombinas de América, nuestros monumentos son los glaciares, los bosques, los ríos torrentosos y hoy agonizantes, nuestras cumbres nevadas, nuestra Tierra, ella es Nuestra Señora, pero a ella hemos dejado de rendirle culto y de cuidarla. Luis Oyarzún escribió en la década del 50 un manifiesto adelantado a su tiempo: “Defensa de la tierra”. ¿Podremos todavía defenderla, evitar que Nuestra Señora colapse? Todas las medidas comprometidas, las promesas declaradas que se hacen en cumbres muy “encumbradas”, parecen respuestas insignificantes, casi testimoniales para la catástrofe en curso. Heidegger, en una entrevista en plena y amenazante Guerra Fría, dijo esta enigmática frase: “Solo un Dios podrá salvarnos”. Estamos en una encrucijada parecida. Heidegger no dijo “una Diosa”. Los parisinos, en un momento del incendio, dejaron de tomarse selfies con Notre Dame en llamas y se pusieron a rezar y cantar viejas melodías religiosas, a su Señora, su Dama, su Diosa. ¿Millennials entonando canciones de Hidelgarda von Bingen? Todo está por verse…

 

Si no resacralizamos nuestra relación con la Tierra, el pragmatismo frío, la poderosa voluntad del dominio y el pensar calculante más la usura convertirán nuestros bosques en cerros de chips o en cenizas. Hay que arrodillarse ante nuestro paisaje, ante nuestras cumbres, árboles y ríos. No somos los dueños de nada, somos pasajeros fugaces, tan fugaces que nos sobrevivirán las bacterias. La Tierra no va a desaparecer, ella está acostumbrada a grandes cambios y hecatombes; somos nosotros los que vamos a colapsar. ¿Y cuando eso ocurra, quién pedirá por nosotros mientras nos estemos quemando en el fuego de nuestra desmesura, nuestra vanidad y nuestro extravío? ¿Se apiadará Nuestra Señora, La Tierra, de nosotros, que pudimos ser también templos, pero preferimos ser fábricas o malls o pantallas” Solo una Diosa podrá salvarnos…

«Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son. Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos.

Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.

Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros, el cómo enganchamos con las cosas que no queremos, depende sólo del cultivo de la voluntad. Si no me gusta la vida que tengo, deberé desarrollar las estrategias para cambiarla, pero está en mi voluntad el poder hacerlo.

“Ser feliz es una decisión”, no nos olvidemos de eso. Entonces, con estos criterios me preguntaba qué tenía que hacer yo para poder construir un buen año porque todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas: -a aprender a amar -a dejar huella -a ser felices.

Crear calidez dentro de nuestras casas, hogares, y para eso tiene que haber olor a comida, cojines aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida.

Nuestras casas independientes de los recursos se están volviendo demasiado perfectas que parece que nadie puede vivir adentro.

Tratemos de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello. La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos tiene que ver con la inteligencia espiritual. Tratemos de dosificar la tecnología y demos paso a la conversación, a los juegos “antiguos”, a   encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de casa. Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de nuestras familias. Si logramos trabajar en estos puntos y yo me comprometo a intentarlo, habremos decretado ser felices, lo cual no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tengamos sino que con la ACTITUD con la cual enfrentemos lo que nos toca…

Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.

Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.

Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro».

 

M M