La vocación fundamental del ser humano-amar y ser amado-, está relegada al final de la lista de prioridades en la sociedad chilena. Nos hace falta más amor, más ternura, más afecto, más misericordia. La anemia afectiva se manifiesta como una “globalización de la indiferencia” – como dice Francisco-, y en un individualismo y egoísmo irritantes.

Los resultados están a la vista: En Chile, aproximadamente 650 mil jóvenes, entre 18 y 29 años, no estudian ni trabajan; altas tasas de enfermedades mentales y suicidios entre ellos; miles de ancianos solos, abandonados, de los que nadie se preocupa, con tasas de suicidio cada vez mayores; miles y miles de mujeres abandonadas por sus maridos, cientos de miles de mujeres maltratadas. A ello, sumemos el hecho que de tres de cada cuatro de nuestros niños que han sufrido algún tipo de violencia en sus casas, vecindarios o colegios. La violencia y la soledad, en Chile son una pandemia.

El país apostó por un modelo que gira en torno al consumo, a la competencia, al tener más. Ello deja heridos en el camino, el Papa los llama “los descartados”. El modelo imperante apostó a que el bien individual prevaleciera por sobre el bien común, y ello llevó a que alguna de las más altas figuras del mundo civil, militar, policial, judicial, empresarial y también eclesial, se vieran envueltos en situaciones que han hecho mucho daño a todos los chilenos. Coludirse para aumentar el precio de los medicamentos, los alimentos y los servicios básicos es un pecado y un delito que clama al cielo, así como eludir impuestos, beneficiarse con recursos del fisco, usar las influencias para obtener favores, enriquecerse de manera ilícita, entre otros. Chile no apostó a que el entramado social girara en torno a la virtud, al compartir, a la austeridad, al amor al prójimo.

Hoy, en que se culpan los unos a los otros, los invito a que dejemos de mirar la paja en el ojo ajeno y miremos la viga que llevamos en el nuestro, a que reconociéramos el daño causado, y, como Zaqueo, pidamos perdón, volvámonos mal habido, y nos empeñemos en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna. Los cambios se verán en el corto plazo. Se acabarían las largas esperas en los hospitales públicos; se acabarían las brechas que dividen a los menos que tienen cada vez más y los más que tienen cada vez menos; terminaríamos, además, con los bingos, las rifas, las completadas y las alcancías en los supermercados para proveer de bienes y servicio a los que nada tienen y que en justicia les correspondería ser la primera prioridad de la sociedad.

Este es el camino que nos llevará a la paz social que tanto anhelamos. Por lo tanto, en mi opinión, la situación que vive Chile no es un asunto primordialmente económico ni político. Es mucho más profundo que ello; es un tema moral puesto que la pregunta que todo hombre se hace de cara a la vida ¿qué debo hacer?, se respondió de manera equivocada, y ello hace muchos años. La respuesta a la pregunta ¿qué debo hacer? ha de estar, desde hoy, centrada en el otro y no en uno mismo. Sólo así se terminará con las odiosas distancias que nos separan y que nos segregan. Sólo así, nos podremos mirar a los ojos como hermanos. Así tendremos paz, y en abundancia, porque habrá justicia. Allí comenzará una nueva primavera que nos llevará a sacar los cercos que nos dividen y que causan tanto daño y tanto dolor. Por último, si quieren conocer de forma magistral lo que nos está pasando, les recomiendo leer de León Tolstoi, la muerte de Ivan Illich. Es la historia de un enfermo grave que sólo quería que lo abrazaran, en definitiva, su gran enfermedad y, la peor de todas, era no tener la experiencia del amor que sana lo incurable y, sin el cual, como dice San Pablo, no somos nada. Que cierto es cuando Silvio Rodríguez dice, sólo el amor engendra la maravilla. ¿Es mucho pedir encauzar todo cuanto hacemos, decimos, y pensamos, en esta dirección?

Hago un llamado a la oración y al compromiso firme de todos a trabajar por el bien común, terminar con todo tipo de violencia. Los invito a comenzar la gran batalla, tal vez la más dura, la batalla contra uno mismo para terminar con todo lo que nos impide embarcarnos en la construcción de una sociedad a la altura de nuestra dignidad como seres humamos.

+ Fernando Chomali
Arzobispo de Concepción

Fuente: Comunicaciones Concepción
Concepción, 22-10-2019

Columna de Cristián Warnken

Hace unos años, en esta misma columna, a raíz de un incendio provocado por turistas en las Torres del Paine, usé la imagen de la iglesia de Notre Dame de París para decir que nuestros bosques, nuestros paisajes eran nuestras catedrales. Y comprobaba la gravedad de esos incendios con la posibilidad (entonces ficticia) de que un templo como el Notre Dame se quemara. ¡Lo impensado (ese incendio en el corazón de París que solo usé como imagen “provocadora”) finalmente ocurrió! Son tiempos en que la realidad supera a la ficción. Por eso me estremecí cuando vi a parisinos de todas las edades rezando o cantando de rodillas por “Nuestra Señora” en llamas. Notre Dame, Nuestra Señora: el eterno femenino, el “Ánima” de la que habla Jung, y que está en el centro de la fe cristiana y lo estuvo en ese activo y creativo medioevo.

 

Sigo creyendo —como lo manifesté en esa columna— que nuestros templos son nuestros bosques, nuestra Selva Fría, y que quien ha entrado en ellos siente la experiencia de lo sagrado, la siente a través de los sentidos. No por nada Neruda, que era ateo, caía de rodillas ante los bosques de hoja perenne y hablaba del bosque chileno como si fuera una catedral. Pero lo sagrado se ha ido retirando del mundo. Eso se ve en las iglesias vacías de Europa o reconvertidas algunas en hoteles boutique o incluso en centros de eventos o discotecas. Sin embargo, la conmoción unánime ante la sola posibilidad de que Notre Dame colapsara demuestra que una civilización no se deshace de lo sagrado como si nada. Muchos, en París, han entendido que una iglesia gótica, representativa de una fe muy antigua, tiene mas raíces en el corazón de cada francés que lo que ellos mismos creían.

 

La pregunta que debemos hacernos nosotros es: ¿Y qué es lo sagrado para nosotros los chilenos? ¿Cuáles son nuestros templos, cuál es nuestra “Notre Dame”, Nuestra Señora? Como somos más paisaje que país (lo dijo Nicanor Parra) como nuestros habitantes originarios no dejaron grandes monumentos como otras culturas precolombinas de América, nuestros monumentos son los glaciares, los bosques, los ríos torrentosos y hoy agonizantes, nuestras cumbres nevadas, nuestra Tierra, ella es Nuestra Señora, pero a ella hemos dejado de rendirle culto y de cuidarla. Luis Oyarzún escribió en la década del 50 un manifiesto adelantado a su tiempo: “Defensa de la tierra”. ¿Podremos todavía defenderla, evitar que Nuestra Señora colapse? Todas las medidas comprometidas, las promesas declaradas que se hacen en cumbres muy “encumbradas”, parecen respuestas insignificantes, casi testimoniales para la catástrofe en curso. Heidegger, en una entrevista en plena y amenazante Guerra Fría, dijo esta enigmática frase: “Solo un Dios podrá salvarnos”. Estamos en una encrucijada parecida. Heidegger no dijo “una Diosa”. Los parisinos, en un momento del incendio, dejaron de tomarse selfies con Notre Dame en llamas y se pusieron a rezar y cantar viejas melodías religiosas, a su Señora, su Dama, su Diosa. ¿Millennials entonando canciones de Hidelgarda von Bingen? Todo está por verse…

 

Si no resacralizamos nuestra relación con la Tierra, el pragmatismo frío, la poderosa voluntad del dominio y el pensar calculante más la usura convertirán nuestros bosques en cerros de chips o en cenizas. Hay que arrodillarse ante nuestro paisaje, ante nuestras cumbres, árboles y ríos. No somos los dueños de nada, somos pasajeros fugaces, tan fugaces que nos sobrevivirán las bacterias. La Tierra no va a desaparecer, ella está acostumbrada a grandes cambios y hecatombes; somos nosotros los que vamos a colapsar. ¿Y cuando eso ocurra, quién pedirá por nosotros mientras nos estemos quemando en el fuego de nuestra desmesura, nuestra vanidad y nuestro extravío? ¿Se apiadará Nuestra Señora, La Tierra, de nosotros, que pudimos ser también templos, pero preferimos ser fábricas o malls o pantallas” Solo una Diosa podrá salvarnos…

«Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son. Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos.

Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.

Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros, el cómo enganchamos con las cosas que no queremos, depende sólo del cultivo de la voluntad. Si no me gusta la vida que tengo, deberé desarrollar las estrategias para cambiarla, pero está en mi voluntad el poder hacerlo.

“Ser feliz es una decisión”, no nos olvidemos de eso. Entonces, con estos criterios me preguntaba qué tenía que hacer yo para poder construir un buen año porque todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas: -a aprender a amar -a dejar huella -a ser felices.

Crear calidez dentro de nuestras casas, hogares, y para eso tiene que haber olor a comida, cojines aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida.

Nuestras casas independientes de los recursos se están volviendo demasiado perfectas que parece que nadie puede vivir adentro.

Tratemos de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello. La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos tiene que ver con la inteligencia espiritual. Tratemos de dosificar la tecnología y demos paso a la conversación, a los juegos “antiguos”, a   encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de casa. Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de nuestras familias. Si logramos trabajar en estos puntos y yo me comprometo a intentarlo, habremos decretado ser felices, lo cual no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tengamos sino que con la ACTITUD con la cual enfrentemos lo que nos toca…

Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.

Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.

Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro».

 

M M