Dos diplomados nos ofrece la Vicaría para la Pastoral del Arzobispado de Santiago durante este año que se inicia.

Se trata de el Diplomado de Animación Bíblica de la Pastoral cuyo objetivo es generar una instancia de formación pastoral animada por la Palabra de Dios que abra nuevos caminos para el encuentro con Cristo, enriqueciendo la vida espiritual y comunitaria del creyente impulsando la conversión pastoral, para hacer de la Palabra de Dios el centro de la vocación cristiana disponiéndolo para la evangelización y para el servicio de la sociedad.

Este diplomado está dirigido a Formadores, agentes pastorales, laicos, ministros de la Palabra y la Eucaristía, religiosas y religiosos, institutos seculares, Diáconos permanentes, movimientos, comunidades de Lectio Divina y toda persona creyente con interés por conocer la Sagrada Escritura.

El segundo diplomado es en Pastoral Litúrgica y su objetivo es Crear un espacio de formación litúrgica, según el sentir del Papa Francisco, para promover una iniciación y formación litúrgica sólida y orgánica, que sea “fuente y cumbre de la vida eclesial” (SC 10) esencialmente en nuestro camino de fe.

Este diplomado está dirigido a formadores, diáconos, consagrados, agentes pastorales y laicos en general que deseen profundizar su conocimiento sobre la Liturgia.

Los interesados pueden escribirse hasta el 30 de marzo escribiendo a los correos: kcaceres@iglesiadesantiago.cl ó a: formacionoriente@iglesiadesantiago.cl en el caso de personas de ese sector de Santiago.

Es importante destacar que ambos diplomados son gratuitos.

La unidad de los cristianos es una exigencia esencial de nuestra fe.

*Señores Cardenales
queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, 
queridos hermanos y hermanas,

Me alegro de encontrarlos con motivo de su Sesión Plenaria, que se ocupa del tema «La unidad de los cristianos: ¿Qué modelo de plena comunión?». Agradezco al cardenal Koch por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos ustedes. En el transcurso de este año tuve la oportunidad de vivir muchos encuentros ecuménicos significativos, tanto aquí en Roma como durante los viajes. Cada uno de estos encuentros ha sido para mí una fuente de consuelo, porque pude ver que el deseo de comunión está vivo e intenso. Como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, consciente de la responsabilidad que me ha encomendado el Señor, deseo reiterar que la unidad de los cristianos es una de mis principales preocupaciones, y rezo para que sea cada vez más compartida por todos los bautizados.

La unidad de los cristianos es una exigencia esencial de nuestra fe. Una exigencia que fluye desde el fondo de nuestro ser creyentes en Jesucristo. Hacemos un llamado a la unidad, porque invocamos a Cristo. Queremos vivir en unidad, porque queremos seguir a Cristo, vivir su amor, gozar del misterio de su ser uno con el Padre, porque esa es la esencia del amor divino. El mismo Jesús, en el Espíritu Santo, nos asocia a su oración: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros […] Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado […] Para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos »  (Jn 17,21.23.26). De acuerdo con la oración sacerdotal de Jesús, aquello que deseamos es la unidad en el amor del Padre, que se nos da en Jesucristo, un amor que también informa incluso el pensamiento y las doctrinas. No es suficiente estar de acuerdo en la comprensión del Evangelio, es necesario que todos nosotros los creyentes estemos unidos a Cristo y en Cristo. Es nuestra conversión personal y comunitaria, nuestra progresiva configuración con Él (cf. Rom 8:28), nuestro vivir siempre más en él (cf. Gal 2,20), que nos permiten crecer en comunión entre nosotros. Esta es el alma que respalda también las sesiones de estudio y cualquier otro tipo de esfuerzo para llegar a los puntos de vista más cercanos.

Teniendo bien en cuenta esto, se puede exponer a algunos falsos modelos de comunión que en realidad no conducen a la unidad, sino que la contradicen en su esencia.

En primer lugar, la unidad no es el resultado de nuestros esfuerzos humanos o producto construido por la diplomacia eclesiástica, sino que es un don de lo alto. Nosotros, los seres humanos no somos capaces de hacer la unidad nosotros solos, ni podemos decidir sus formas y sus tiempos. Entonces, ¿cuál es nuestro papel? ¿Qué tenemos que hacer nosotros para promover la unidad de los cristianos? Nuestra tarea es aceptar este regalo y hacerlo visible a todos. Desde este punto de vista, la unidad antes que línea de meta, es camino, con sus horarios y sus ritmos, sus retrasos y su aceleración, e incluso sus pausas. La unidad como un camino requiere pacientes esperas, tenacidad, esfuerzo y compromiso; no elimina los conflictos y no borra los contrastes, de hecho, a veces puede exponernos a nuevos malentendidos. La unidad sólo puede ser acogida por aquellos que deciden ponerse en camino hacia una meta que hoy puede aparecer más bien lejana. Sin embargo, quien recorre ese camino es confortado por la continua experiencia de una comunión gozosamente vislumbrada, si bien aún no alcanzada plenamente, cada vez que se deja de lado la presunción, y nos reconocemos todos necesitados del amor de Dios. Y qué otro vínculo nos une más a todos los cristianos sino la experiencia de ser pecadores, pero al mismo tiempo objetos de la misericordia infinita de Dios revelada por Jesucristo? Del mismo modo, la unidad del amor es ya una realidad cuando aquellos a quienes Dios ha elegido y llamado a formar su pueblo anuncian juntos las maravillas que Él ha hecho por ellos, especialmente, ofreciendo un testimonio de vida, lleno de caridad hacia todas las personas (cf. 1 Pe 2 , 4-10). Por esto, me gusta repetir que la unidad se hace al andar, para recordar que cuando caminamos juntos, es decir cuando nos encontramos como hermanos, oramos juntos, trabajamos juntos en el anuncio del Evangelio y en el servicio a los necesitados, ya estamos unidos. Todas las diferencias teológicas y eclesiológicas que todavía dividen a los cristianos serán superadas sólo a lo largo de este camino, sin que ahora sepamos cómo y cuándo, pero esto sucederá de acuerdo a lo que el Espíritu Santo querrá sugerir por el bien de la Iglesia.

En segundo lugar, la unidad no es uniformidad. Las diferentes tradiciones teológicas, litúrgicas, espirituales y canónicas, que se han desarrollado en el mundo cristiano, cuando se enraízan genuinamente en la tradición apostólica, son una riqueza, no una amenaza para la unidad de la Iglesia. Tratar de suprimir esta diversidad va en contra del Espíritu Santo, que actúa enriqueciendo a la comunidad de creyentes con una variedad de dones. A lo largo de la historia, ha habido intentos de este tipo, con consecuencias que a veces nos hacen sufrir aún hoy en día. Si en cambio, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca se convierten en conflicto, porque Él nos empuja a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Tarea ecuménica es respetar las legítimas diversidades y conducir a la superación de las diferencias inconciliables con la unidad que Dios pide. La persistencia de estas diferencias no nos debe paralizar, sino empujar a buscar juntos la manera de abordar con éxito estos obstáculos.

Por último, la unidad no es absorción. La unidad de los cristianos no implica un ecumenismo «en marcha atrás», por el que alguien debería renegar su propia historia de fe; ni tampoco tolera el proselitismo, que de hecho es un veneno para el camino ecuménico.  Antes de ver lo que nos separa, hay que percibir de manera existencial la riqueza de lo que nos acomuna, como la Sagrada Escritura y las grandes profesiones de fe de los primeros Concilios ecuménicos. De este modo, los cristianos podremos reconocernos como hermanos y hermanas que creen en el único Señor y Salvador Jesucristo, comprometiéndonos juntos en buscar la manera de obedecer hoy a la Palabra de Dios que nos quiere unidos. El ecumenismo es verdadero cuando uno es capaz de correr el enfoque desde sí mismo, desde sus propios argumentos y formulaciones, a la Palabra de Dios que exige ser escuchada, acogida y testimoniada en el mundo. Para ello, las diversas comunidades cristianas están llamadas a no «competir», sino a cooperar. Mi reciente visita a Lund me ha hecho recordar cuan actual es ese principio ecuménico formulado por el Consejo Mundial de Iglesias ya en 1952, que recomienda a los cristianos «hacer todas las cosas juntos, excepto en aquellos casos donde las profundas dificultades de convicciones hayan impuesto actuar por separado «.

Les agradezco por su compromiso, les aseguro mi recuerdo en la oración y confío en la de ustedes por mí. El Señor les bendiga y la Virgen les proteja.

                                                                    *Discurso del Papa Francisco frente al Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en el 2016.