Carta del papa Francisco a los obispos de Chile

A los Señores Obispos de Chile.

 

Queridos hermanos en el episcopado:

 

La recepción durante la semana pasada de los últimos documentos que completan el informe que me entregaron mis dos enviados especiales a Chile el 20 de marzo de 2018, con un total de más de 2.300 folios, me mueve a escribirles esta carta. Les aseguro mi oración y quiero compartir con Ustedes la convicción de que las dificultades presentes son también una ocasión para restablecer la confianza en la Iglesia, confianza rota por nuestros errores y pecados y para sanar unas heridas que no dejan de sangrar en el conjunto de la sociedad chilena.

 

Sin la fe y sin la oración, la fraternidad es imposible. Por ello, en este 2º domingo de Pascua, en el día de la misericordia, les ofrezco esta reflexión con el deseo de que cada uno de Ustedes me acompañe en el itinerario interior que estoy recorriendo en las últimas semanas, a fin de que sea el Espíritu quien nos guíe con su don y no nuestros intereses o, peor aún, nuestro orgullo herido.

 

A veces cuando tales males nos arrugan el alma y nos arrojan al mundo flojos, asustados y abroquelados en nuestros cómodos “palacios de invierno”, el amor de Dios sale a nuestro encuentro y purifica nuestras intenciones para amar como hombres libres, maduros y críticos. Cuando los medios de comunicación nos avergüenzan presentando una Iglesia casi siempre en novilunio, privada de la luz del Sol de justicia (S. Ambrosio, Hexameron IV, 8, 32) y tenemos la tentación de dudar de la victoria pascual del Resucitado, creo que como Santo Tomás no debemos temer la duda (Jn 20, 25), sino temer la pretensión de querer ver sin fiarnos del testimonio de aquellos que escucharon de los labios del Señor la promesa más hermosa (Mt 28, 20).

 

Hoy les quiero hablar no de seguridades, sino de lo único que el Señor nos ofrece experimentar cada día: la alegría, la paz el perdón de nuestros pecados y la acción de Su gracia.

 

Al respecto, quiero manifestar mi gratitud a S.E. Mons. Charles Scicluna, Arzobispo de Malta, y al Rev. Jordi Bertomeu Farnós, oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, por su ingente labor de escucha serena y empática de los 64 testimonios que recogieron recientemente tanto en Nueva York como en Santiago de Chile. Les envié a escuchar desde el corazón y con humildad. Posteriormente, cuando me entregaron el informe y, en particular, su valoración jurídica y pastoral de la información recogida, reconocieron ante mí haberse sentido abrumados por el dolor de tantas víctimas de graves abusos de conciencia y de poder y, en particular, de los abusos sexuales cometidos por diversos consagrados de vuestro País contra menores de edad, aquellos a los que se les negó a destiempo e incluso les robaron la inocencia.

 

El mismo más sentido y cordial agradecimiento lo debemos expresar como pastores a los que con honestidad, valentía y sentido de Iglesia solicitaron un encuentro con mis enviados y les mostraron las heridas de su alma. Mons. Scicluna y el Rev. Bertomeu me han referido cómo algunos obispos, sacerdotes, diáconos, laicos y laicas de Santiago y Osorno acudieron a la parroquia Holy Name de Nueva York o a la sede de Sotero Sanz, en Providencia, con una madurez, respeto y amabilidad que sobrecogían.

Por otra parte, los días posteriores a dicha misión especial han sido testigos de otro hecho meritorio que deberíamos tener bien presente para otras ocasiones, pues no solo se ha mantenido el clima de confidencialidad alcanzado durante la Visita, sino que en ningún momento se ha cedido a la tentación de convertir esta delicada misión en un circo mediático. Al respecto, quiero agradecer a las diferentes organizaciones y medios de comunicación su profesionalidad al tratar este caso tan delicado, respetando el derecho de los ciudadanos a la información y la buena fama de los declarantes.

Ahora, tras una lectura pausada de las actas de dicha “misión especial”, creo poder afirmar que todos los testimonios recogidos en ellas hablan en modo descarnado, sin aditivos ni edulcorantes, de muchas vidas crucificadas y les confieso que ello me causa dolor y vergüenza.

 

Teniendo en cuenta todo esto les escribo a Ustedes, reunidos en la 115ª asamblea plenaria, para solicitar humildemente Vuestra colaboración y asistencia en el discernimiento de las medidas que a corto, medio y largo plazo deberán ser adoptadas para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia.

 

Pienso convocarlos a Roma para dialogar sobre las conclusiones de la mencionada visita y mis conclusiones. He pensado en dicho encuentro como en un momento fraternal, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, con el solo objetivo de hacer resplandecer la verdad en nuestras vidas. Sobre la fecha encomiendo al Secretario de la Conferencia Episcopal hacerme llegar las posibilidades.

 

En lo que me toca, reconozco y así quiero que lo transmitan fielmente, que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada. Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente, en las próximas semanas, en las reuniones que tendré con representantes de las personas entrevistadas.

 

Permaneced en mí (Jn 15,4): estas palabras del Señor resuenan una y otra vez en estos días. Hablan de relaciones personales, de comunión, de fraternidad que atrae y convoca. Unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, los invito a injertar en vuestra oración de los próximos días una magnanimidad que nos prepare para el mencionado encuentro y que luego permita traducir en hechos concretos lo que habremos reflexionado. Quizás incluso también sería oportuno poner a la Iglesia de Chile en estado de oración. Ahora más que nunca no podemos volver a caer en la tentación de la verborrea o de quedarnos en los “universales”. Estos días, miremos a Cristo. Miremos su vida y sus gestos, especialmente cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado. Amemos en la verdad, pidamos la sabiduría del corazón y dejémonos convertir.

 

A la espera de Vuestras noticias y rogando a S.E. Mons. Santiago Silva Retamales, Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, que publique la presente con la mayor celeridad posible, les imparto mi bendición y les pido por favor que no dejen de rezar por mí.

 

Vaticano, 8 de abril de 2018

 

FRANCISCO

 

Unidad de los Cristianos, palabras del Papa Francisco

La unidad de los cristianos es una exigencia esencial de nuestra fe.

*Señores Cardenales
queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, 
queridos hermanos y hermanas,

Me alegro de encontrarlos con motivo de su Sesión Plenaria, que se ocupa del tema “La unidad de los cristianos: ¿Qué modelo de plena comunión?”. Agradezco al cardenal Koch por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos ustedes. En el transcurso de este año tuve la oportunidad de vivir muchos encuentros ecuménicos significativos, tanto aquí en Roma como durante los viajes. Cada uno de estos encuentros ha sido para mí una fuente de consuelo, porque pude ver que el deseo de comunión está vivo e intenso. Como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, consciente de la responsabilidad que me ha encomendado el Señor, deseo reiterar que la unidad de los cristianos es una de mis principales preocupaciones, y rezo para que sea cada vez más compartida por todos los bautizados.

La unidad de los cristianos es una exigencia esencial de nuestra fe. Una exigencia que fluye desde el fondo de nuestro ser creyentes en Jesucristo. Hacemos un llamado a la unidad, porque invocamos a Cristo. Queremos vivir en unidad, porque queremos seguir a Cristo, vivir su amor, gozar del misterio de su ser uno con el Padre, porque esa es la esencia del amor divino. El mismo Jesús, en el Espíritu Santo, nos asocia a su oración: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros […] Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado […] Para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos »  (Jn 17,21.23.26). De acuerdo con la oración sacerdotal de Jesús, aquello que deseamos es la unidad en el amor del Padre, que se nos da en Jesucristo, un amor que también informa incluso el pensamiento y las doctrinas. No es suficiente estar de acuerdo en la comprensión del Evangelio, es necesario que todos nosotros los creyentes estemos unidos a Cristo y en Cristo. Es nuestra conversión personal y comunitaria, nuestra progresiva configuración con Él (cf. Rom 8:28), nuestro vivir siempre más en él (cf. Gal 2,20), que nos permiten crecer en comunión entre nosotros. Esta es el alma que respalda también las sesiones de estudio y cualquier otro tipo de esfuerzo para llegar a los puntos de vista más cercanos.

Teniendo bien en cuenta esto, se puede exponer a algunos falsos modelos de comunión que en realidad no conducen a la unidad, sino que la contradicen en su esencia.

En primer lugar, la unidad no es el resultado de nuestros esfuerzos humanos o producto construido por la diplomacia eclesiástica, sino que es un don de lo alto. Nosotros, los seres humanos no somos capaces de hacer la unidad nosotros solos, ni podemos decidir sus formas y sus tiempos. Entonces, ¿cuál es nuestro papel? ¿Qué tenemos que hacer nosotros para promover la unidad de los cristianos? Nuestra tarea es aceptar este regalo y hacerlo visible a todos. Desde este punto de vista, la unidad antes que línea de meta, es camino, con sus horarios y sus ritmos, sus retrasos y su aceleración, e incluso sus pausas. La unidad como un camino requiere pacientes esperas, tenacidad, esfuerzo y compromiso; no elimina los conflictos y no borra los contrastes, de hecho, a veces puede exponernos a nuevos malentendidos. La unidad sólo puede ser acogida por aquellos que deciden ponerse en camino hacia una meta que hoy puede aparecer más bien lejana. Sin embargo, quien recorre ese camino es confortado por la continua experiencia de una comunión gozosamente vislumbrada, si bien aún no alcanzada plenamente, cada vez que se deja de lado la presunción, y nos reconocemos todos necesitados del amor de Dios. Y qué otro vínculo nos une más a todos los cristianos sino la experiencia de ser pecadores, pero al mismo tiempo objetos de la misericordia infinita de Dios revelada por Jesucristo? Del mismo modo, la unidad del amor es ya una realidad cuando aquellos a quienes Dios ha elegido y llamado a formar su pueblo anuncian juntos las maravillas que Él ha hecho por ellos, especialmente, ofreciendo un testimonio de vida, lleno de caridad hacia todas las personas (cf. 1 Pe 2 , 4-10). Por esto, me gusta repetir que la unidad se hace al andar, para recordar que cuando caminamos juntos, es decir cuando nos encontramos como hermanos, oramos juntos, trabajamos juntos en el anuncio del Evangelio y en el servicio a los necesitados, ya estamos unidos. Todas las diferencias teológicas y eclesiológicas que todavía dividen a los cristianos serán superadas sólo a lo largo de este camino, sin que ahora sepamos cómo y cuándo, pero esto sucederá de acuerdo a lo que el Espíritu Santo querrá sugerir por el bien de la Iglesia.

En segundo lugar, la unidad no es uniformidad. Las diferentes tradiciones teológicas, litúrgicas, espirituales y canónicas, que se han desarrollado en el mundo cristiano, cuando se enraízan genuinamente en la tradición apostólica, son una riqueza, no una amenaza para la unidad de la Iglesia. Tratar de suprimir esta diversidad va en contra del Espíritu Santo, que actúa enriqueciendo a la comunidad de creyentes con una variedad de dones. A lo largo de la historia, ha habido intentos de este tipo, con consecuencias que a veces nos hacen sufrir aún hoy en día. Si en cambio, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca se convierten en conflicto, porque Él nos empuja a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Tarea ecuménica es respetar las legítimas diversidades y conducir a la superación de las diferencias inconciliables con la unidad que Dios pide. La persistencia de estas diferencias no nos debe paralizar, sino empujar a buscar juntos la manera de abordar con éxito estos obstáculos.

Por último, la unidad no es absorción. La unidad de los cristianos no implica un ecumenismo “en marcha atrás”, por el que alguien debería renegar su propia historia de fe; ni tampoco tolera el proselitismo, que de hecho es un veneno para el camino ecuménico.  Antes de ver lo que nos separa, hay que percibir de manera existencial la riqueza de lo que nos acomuna, como la Sagrada Escritura y las grandes profesiones de fe de los primeros Concilios ecuménicos. De este modo, los cristianos podremos reconocernos como hermanos y hermanas que creen en el único Señor y Salvador Jesucristo, comprometiéndonos juntos en buscar la manera de obedecer hoy a la Palabra de Dios que nos quiere unidos. El ecumenismo es verdadero cuando uno es capaz de correr el enfoque desde sí mismo, desde sus propios argumentos y formulaciones, a la Palabra de Dios que exige ser escuchada, acogida y testimoniada en el mundo. Para ello, las diversas comunidades cristianas están llamadas a no “competir”, sino a cooperar. Mi reciente visita a Lund me ha hecho recordar cuan actual es ese principio ecuménico formulado por el Consejo Mundial de Iglesias ya en 1952, que recomienda a los cristianos “hacer todas las cosas juntos, excepto en aquellos casos donde las profundas dificultades de convicciones hayan impuesto actuar por separado “.

Les agradezco por su compromiso, les aseguro mi recuerdo en la oración y confío en la de ustedes por mí. El Señor les bendiga y la Virgen les proteja.

                                                                    *Discurso del Papa Francisco frente al Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en el 2016.

 

El Adviento que conduce a Belén

  • El camino que nos lleva a Belén sigue avanzando en medio de calores y afanes. La Iglesia nos invita a detenernos, cosa muy difícil para muchos, para disponernos a encontrarnos con Jesús el niño de Belén, el peregrino de Galilea, el crucificado de Jerusalén, el que nunca se cansa de venir.
  • Adviento es tiempo de novedad. Nos abre al misterio de Dios vivo, nos ensancha la mirada para que aprendamos a conocerlo, gustarlo, anunciarlo.
  • Leyendo los textos muy lentamente podremos dar pasos para madurar como cristianos, elijamos algunas frases para quedarnos con ellas y rumiarlas. Este Adviento puede llegar a una experiencia inolvidable.

 

  • “Entre Uds. hay alguien al que Uds. no conocen”

La presencia de Jesús es discreta y cuesta reconocerlo.

Tenemos que preguntarnos con la mano en el corazón: ¿Conocemos a Jesús de verdad?, ¿Dónde lo hemos reconocido?

Tenemos que volver a El, dejarnos encontrar por El, que nos conquiste el corazón. No basta que esté en nuestros labios, tiene que estar en nuestra vida toda entera, ser el cimiento de nuestra personalidad.

Tenemos que llegar a establecer con El una amistad sólida, llena de cercanía y de franqueza, que nos alegre el corazón y que haga de nosotros hombres y mujeres sorprendidos por su manera de ser, con sabiduría, con gran dignidad, plenamente humanos.

 

  • “Jesús el que trae buenas noticias”

Si recibimos a Jesús haremos la experiencia de la salvación, el remedio que El nos trae y nos sana. Una salvación que nos llena de vida, nos consuela, nos levanta, hace de nosotros hombres y mujeres con vida nueva. Viene a cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, nos lava el rostro con agua fresca para despertar.

El es :

– quien venda los corazones heridos, desgarrados.

– quien nos enseña a vivir con gran libertad.

– el que viene a proclamar una año de gracia.

– el que hace brotar la justicia y la alabanza.

 

  • “Ser testigos de la luz”

Somos enviados como Juan el Bautista para allanar los caminos para que el Señor pueda nacer en la vida en muchos.

Los amigos de Jesús nos dejamos conducir por el Espíritu que nos hace irradiar una luz que ilumina la vida de los que están junto a nosotros.

Se ha fijado en nuestra pequeñez para anunciar su grandeza y que El sea amado por todos.

Su música habita en lo profundo de cada uno y no cesa de contagiar nuestras palabras y nuestro actuar, vamos cantando el consuelo de Dios y su amor gratuito.

 

Adviento es tiempo de novedad.

Amen

La Iglesia Católica en Pausa

Texto de Jorge Costadoat sj

La Iglesia Católica en Chile se prepara a la venida del Papa. ¿Será importante su visita? Suponemos que sí. Pero, ¿será decisiva? Es decir, ¿podrá marcar un antes y un después? Urge que así sea.

Vista la Iglesia a la distancia de los últimos sesenta años, distingo dos grandes etapas, y espero una tercera. Desde 1961 hasta 1991, su planteamiento pastoral puede ser denominado “Catolicismo Social”. Esta larga etapa, a su vez, tuvo dos períodos. El primero, antecedido por la atención que la jerarquía católica puso a la “cuestión social” desde el siglo XIX, cuyo difusor fue el Padre Hurtado, tuvo por hito el impulso de la reforma agraria. Precisamente el año 1961 el episcopado decidió motivarla con la cesión de las propiedades de las diócesis, iniciativa concretada de un modo emblemático por don Manuel Larraín y el Cardenal Silva Henríquez.

El segundo período, desde 1973 hasta 1991, la jerarquía católica, los sacerdotes y las religiosas, laicos y laicas cristianos y creyentes en la parábola del buen samaritano, se abocaron a la defensa de las víctimas de las violaciones de los derechos humanos, personas ejecutadas, desaparecidas, torturadas, y al acompañamiento y cuidado de sus familiares. El ícono de estos años fue la Vicaría de la Solidaridad. La Iglesia Católica chilena interpretó el Evangelio como nunca lo había hecho en su historia. También por estos años, a instancias del obispo Juan Francisco Fresno, ella convocó al Acuerdo nacional que tuvo por objeto luchar para recuperar la democracia. En esta etapa, en sus dos períodos, la postura eclesiástica oficial fue bien acogida por unos, pero resistida por otros. Ya por estos años, sin embargo, se hizo sentir la resistencia de sectores conservadores a las reformas del Concilio Vaticano II. Progresivamente se le quitó el piso a las comunidades eclesiales de base en las que se dio mayor participación a los pobres en la Iglesia y, al mismo tiempo, se fortalecieron movimientos laicales de clase alta que pusieron mucho énfasis en temas de familia y de sexualidad.

Recuperada la democracia, desde 1991 hasta 2017, se abrió una nueva etapa pastoral que puede denominarse “Catolicismo sexual”. La inauguró la carta pastoral de Monseñor Oviedo titulada: “Moral, juventud y sociedad permisiva” (1991). En esta etapa los obispos han denunciado el deterioro de la moralidad en el campo de la sexualidad: se oponen a las experiencias sexuales fuera del matrimonio, a los anticonceptivos, a los preservativos para evitar el sida, a la “píldora del día después”, a la fertilidad asistida, a los textos de enseñanza de educación sexual en los colegios, a la ley de divorcio, a la ley de aborto, a la de ley de unión de parejas del mismo sexo y, ahora último, a la ley de matrimonio homosexual. El resultado de esta etapa es tristísimo. No se ve cómo la Iglesia jerárquica puede estar en contra de la ley de despenalización del aborto en tres causales y, al mismo tiempo, no aceptar la contracepción artificial. Pero nada ha sido peor que, tras haber declarado una crisis moral sexual en la sociedad, hayan salido a la luz pública graves casos de abusos sexuales del clero contra menores de edad y personas frágiles, constatándose a la vez desidia y gestiones de encubrimiento de parte de los superiores jerárquicos y haciendo oídos sordos a las demandas de justicia de las víctimas. Después de veinticinco años, la pérdida de credibilidad en nosotros los sacerdotes ha puesto en grave peligro la transmisión de la fe.

La visita del Papa Francisco, en enero próximo, pudiera marcar el comienzo de una tercera etapa. Esta podría llamarse “Catolicismo socio-ambiental”. Más que una posibilidad, es un deseo personal mío, pero que tiene una sólida base en Laudato si` (2015), la encíclica social más importante desde Rerum novarum (1891). El planeta enfrenta una situación dramática y, en el caso de los más pobres, inminentemente trágica. ¿Qué puede aportar la Iglesia? La encíclica es un cargamento de ideas. A mí parecer, la Iglesia chilena, jerarquía y laicado, debiera capacitarse y, antes de esto, convertirse al Dios de la creación. El país necesita una mística de amor a la tierra. Bien pudiera la Iglesia cultivarla, para luego iniciar a otros en ella. La tradición judeo-cristiano tiene un acervo milenario de experiencias, de intentos y de fracasos, de vías purgativas e iluminativas, de palabras e imágenes, de sentimiento y de arte, todo lo cual pudiera aprovecharse. Necesitamos una mística, es decir, una visión y convicción espiritual, una sensibilidad estética y un compromiso ético con la humanidad y todos los seres que nos hagan gozar con la creación y, en la medida de nuestras pocas fuerzas, cuidarla amorosamente.

Los cristianos no están preparados para esta batalla. En realidad, son parte del problema. Por esto, tendrán que conectarse espiritualmente con el medio ambiente humano y ecológico, reenfocar por completo la educación, generar nuevos estilos de vida y una nueva cultura. Deseo que en esta tercera etapa, la del “Catolicismo socio-ambiental”, los católicos, en humilde colaboración con los otros cristianos, con los fieles de otras religiones, con los seguidores de cualquier idea noble y humanista, anuncien al Jesús olvidado que hablaba de Dios con su experiencia de artesano y en metáforas.

Fuente:  Cristo en Construcción, Septiembre 2017

Sonriéndole a la vida

Por ser mes de la solidaridad, les compartimos, en colaboración con la Fundación Padre Hurtado, el texto “Vive contento” escrito por el Padre Alberto Hurtado en su libro “Humanismo Social”.

“Hay algo que todos queremos unánimemente en todo el mundo: santos y pecadores, paganos y cristianos, grandes y chicos. Todos convenimos en una aspiración: la alegría; todos queremos ser felices.

Por eso, quien ha conseguido la felicidad ejerce una influencia inmensa, un poder de atracción enorme. Todos lo admiran, lo envidian, buscan su compañía, se sienten bien junto a él. En cambio, un hombre por más virtuoso que sea, si vive melancólico merecerá que se diga: Un santo triste, es un triste santo. Si vive lamentándose de todo, del tiempo, de las costumbres, de los hombres…, los hombres terminarán por alejarse de él, pues el corazón humano busca la alegría, lo positivo, el amor.

Y ¿cómo conseguir esa actitud de alegría que hay que tener en sí antes de poder comunicarla a los demás? Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, por lo que podrá ocurrirle en el porvenir. Viven encerrados en sí mismos y, claro está, no pueden salir. Cada idea que les viene a la mente parece hundirlos más en su pesimismo. Se parecen al que se hunde en el barro que mientras forcejea solo por salir, se hundirá más y más. Necesita tomarse de una fuerza extraña, distinta, para poder salir. Que se olviden, pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.

No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.

Más aún: en los lazaretos, en los hospitales del cáncer se encuentran almas inmensamente más felices que en medio de las riquezas y en plenitud de fuerzas corporales. Una leprosa a punto de morir ciega, deshechos sus miembros por la enfermedad, escribía: “La luz me robó a mis ojos. A mi niñez su techo, mas no robó a mi pecho, la dicha ni el amor”.

La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial.

Quienquiera ayudarse también de medios naturales comience por no dejarse tomar por una actitud de tristeza. Sonría aunque no quiera; y si ni eso puede, tómese los cachetes y haga el paréntesis de la sonrisa.

No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás.

¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado. Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.”

La solidaridad cristiana

Por ser mes de la solidaridad, les compartimos, en colaboración con la Fundación Padre Hurtado, el texto “Darse, una manera cristiana de trabajar” escrito por el Padre Alberto Hurtado en París en noviembre de 1947.

“Comienza por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena: al pobre en la desgracia, a esa población en la miseria, a la clase explotada; a la verdad; a la justicia; a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad; a Cristo que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva; a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora; a Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común.

Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome de mí, yo adquiero más valor, me hago un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su máximo valor, su plenitud de ser.

Mirar en grande, querer en grande, pensar en grande, realizar en grande. En los combates de hoy, todo se trata a la escala del hombre y a la escala del mundo. No cuidarse de hacer carrera, sino de llenar su vida en plenitud. Ejercitar mi esfuerzo en los sectores disponibles. Tomar lo que no ha sido realizado. Se trata de servir. No se trata de recorrer solo una pista. Se trata de construir para uso de muchos un largo camino.

Con frecuencia se enseña a los hombres a no hacer, a no comprometerse, a no aventurarse. Es precisamente al revés de la vida. Cada uno dispone, según su salud, su temperamento, sus ocupaciones, sólo de un cierto potencial de combate. No despreciarlo en escaramuzas.

Hay que embarcarse. No se sabe qué barcos encontraré en el camino, qué tempestades ocurrirán… Una vez tomadas las precauciones, ¡embarcarse! Amar el combate, considerarlo como normal. No extrañarse, aceptarlo, mostrarse valiente, no perder el dominio de sí; jamás faltar a la verdad y a la justicia. Las armas del cristianismo no son las armas del mundo. Amar el combate, no por sí mismo, sino por amor del bien, por amor de los hermanos que hay que librar.

Hay que perseverar. Muchos quedan gastados después de las primeras batallas. Nunca está uno solo ni en las horas de mayor soledad. Cuando se afirma la verdad, se quiere el bien, cuando se combate por la justicia, se hace uno de numerosos enemigos, pero adquiere también numerosos amigos. Otros a nuestro lado aman la verdad, el bien, la justicia.

El fracaso construye. Alegría, paz, viva la pena… y ¡viva siempre viva! Así es la vida… ¡y la vida es bella! No armar alharaca. No gritar. No irritarse. No dejar de reírse, y dar ánimo a los demás. Continuar siempre. No se hace nada en un mes. Al cabo de diez años es enorme lo hecho. Cada gota cuenta.

Darme sin contar, sin trampear, en plenitud, a Dios y a mis hermanos y Dios me tomará bajo su protección. Él me tomará y pasaré indemne en medio de innumerables dificultades. Él me conducirá a su trabajo, al que cuenta. Él se encargará de pulirme, de perfeccionarme y me pondrá en contacto con los que lo buscan y a los cuales Él mismo anima. Cuando Él lo tiene a uno, no lo suelta fácilmente.”

La felicidad que brota de nuestro interior

En la segunda Mesa Redonda, el 7 de julio de 2017, tuvimos la suerte de contar con la presencia de la antropóloga chilena Patricia May. En la oportunidad, hizo un discurso sobre el individuo en búsqueda de la felicidad y del ego como obstáculo,  particularmente en las empresas, dado que el público era mayoritariamente del mundo empresarial. A continuación les compartimos un texto de Patricia May, que tomamos del sitio web http://vivoenarmonia.cl, en torno a este mismo tema.

 

“Es falso que la felicidad se encuentre en las posesiones materiales, o en la escalada por el éxito, o en llegar más lejos que los demás, o en ser el mejor, o en la apariencia, o el éxito económico, o en la comodidad, o en los panoramas, viajes, en el prestigio intelectual, o académico o funcionario.

Uno de los grandes dramas humanos es la búsqueda de la felicidad sobre falsos caminos y falsas bases. Buscando la felicidad como algo exterior, dependiente de ciertas circunstancias y situaciones sólo encontramos el camino hacia la constante aflicción interior en estados de ansiedad, tensión, angustia, preocupación.

Las metas deseables a realizar, el camino que le trazamos a los niños y jóvenes son ilusorios, pues no conducen a la plenitud personal: alcanzar una posición económica, prestigio, comodidad, como propósitos centrales en la vida sólo implicara estar permanentemente en el parecer, en el esfuerzo agotador. Es falso que encontraremos la felicidad en cualquier cosa que sea exterior, pues la plenitud es un estado interior de realización y coherencia con nuestra Esencia, que resulta de entrar en contacto con la fuerza vital de nuestro Ser, con el entusiasmo que nos lleva a apasionarnos y entregarnos naturalmente a algún propósito, sea este la música, el deporte, el conocimiento, el servicio. Desde donde me siento inspirado para dar lo mejor de mí al medio. La felicidad es el estado natural de nuestro Ser, allí está como un sol irradiante, esperando.

Educamos a los niños guiándolos hacia metas falsas, les enseñamos a reprimir su vocación, a poner el objetivo de sus vidas en metas exteriores, a enterrar su natural capacidad de vibrar con el aprender, o hacer. Las universidades suelen ser lugares donde los egos competitivos se exacerban, donde los jóvenes agobiados por aprobar y no ser expulsados pierden el entusiasmo inicial en su área de estudio. El campo laboral se transforma en una feroz batalla por competir, aplastar, sobresalir, ganar.

La felicidad brota como un estado natural cuando nos encontramos con nuestra íntima verdad, donde la bondad, el amor, la creatividad surgen de un espacio interior de paz.
Solemos pensar que las personas en situación de pobreza son quienes carecen de bienes, pero hay una miseria mucho peor, aquella de quienes viven presionados, enmascarados, recubiertos, ansiosos y agotados, tanto que perdieron el contacto con la capacidad de amar, de vibrar con la vida, de aceptar y agradecer cada momento, allí está la verdadera miseria de nuestros tiempos.”