Columna de Cristián Warnken

Hace unos años, en esta misma columna, a raíz de un incendio provocado por turistas en las Torres del Paine, usé la imagen de la iglesia de Notre Dame de París para decir que nuestros bosques, nuestros paisajes eran nuestras catedrales. Y comprobaba la gravedad de esos incendios con la posibilidad (entonces ficticia) de que un templo como el Notre Dame se quemara. ¡Lo impensado (ese incendio en el corazón de París que solo usé como imagen “provocadora”) finalmente ocurrió! Son tiempos en que la realidad supera a la ficción. Por eso me estremecí cuando vi a parisinos de todas las edades rezando o cantando de rodillas por “Nuestra Señora” en llamas. Notre Dame, Nuestra Señora: el eterno femenino, el “Ánima” de la que habla Jung, y que está en el centro de la fe cristiana y lo estuvo en ese activo y creativo medioevo.

 

Sigo creyendo —como lo manifesté en esa columna— que nuestros templos son nuestros bosques, nuestra Selva Fría, y que quien ha entrado en ellos siente la experiencia de lo sagrado, la siente a través de los sentidos. No por nada Neruda, que era ateo, caía de rodillas ante los bosques de hoja perenne y hablaba del bosque chileno como si fuera una catedral. Pero lo sagrado se ha ido retirando del mundo. Eso se ve en las iglesias vacías de Europa o reconvertidas algunas en hoteles boutique o incluso en centros de eventos o discotecas. Sin embargo, la conmoción unánime ante la sola posibilidad de que Notre Dame colapsara demuestra que una civilización no se deshace de lo sagrado como si nada. Muchos, en París, han entendido que una iglesia gótica, representativa de una fe muy antigua, tiene mas raíces en el corazón de cada francés que lo que ellos mismos creían.

 

La pregunta que debemos hacernos nosotros es: ¿Y qué es lo sagrado para nosotros los chilenos? ¿Cuáles son nuestros templos, cuál es nuestra “Notre Dame”, Nuestra Señora? Como somos más paisaje que país (lo dijo Nicanor Parra) como nuestros habitantes originarios no dejaron grandes monumentos como otras culturas precolombinas de América, nuestros monumentos son los glaciares, los bosques, los ríos torrentosos y hoy agonizantes, nuestras cumbres nevadas, nuestra Tierra, ella es Nuestra Señora, pero a ella hemos dejado de rendirle culto y de cuidarla. Luis Oyarzún escribió en la década del 50 un manifiesto adelantado a su tiempo: “Defensa de la tierra”. ¿Podremos todavía defenderla, evitar que Nuestra Señora colapse? Todas las medidas comprometidas, las promesas declaradas que se hacen en cumbres muy “encumbradas”, parecen respuestas insignificantes, casi testimoniales para la catástrofe en curso. Heidegger, en una entrevista en plena y amenazante Guerra Fría, dijo esta enigmática frase: “Solo un Dios podrá salvarnos”. Estamos en una encrucijada parecida. Heidegger no dijo “una Diosa”. Los parisinos, en un momento del incendio, dejaron de tomarse selfies con Notre Dame en llamas y se pusieron a rezar y cantar viejas melodías religiosas, a su Señora, su Dama, su Diosa. ¿Millennials entonando canciones de Hidelgarda von Bingen? Todo está por verse…

 

Si no resacralizamos nuestra relación con la Tierra, el pragmatismo frío, la poderosa voluntad del dominio y el pensar calculante más la usura convertirán nuestros bosques en cerros de chips o en cenizas. Hay que arrodillarse ante nuestro paisaje, ante nuestras cumbres, árboles y ríos. No somos los dueños de nada, somos pasajeros fugaces, tan fugaces que nos sobrevivirán las bacterias. La Tierra no va a desaparecer, ella está acostumbrada a grandes cambios y hecatombes; somos nosotros los que vamos a colapsar. ¿Y cuando eso ocurra, quién pedirá por nosotros mientras nos estemos quemando en el fuego de nuestra desmesura, nuestra vanidad y nuestro extravío? ¿Se apiadará Nuestra Señora, La Tierra, de nosotros, que pudimos ser también templos, pero preferimos ser fábricas o malls o pantallas” Solo una Diosa podrá salvarnos…

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