El Regalo

El Regalo

Por: Mariana Grunefield Echeverría

Convido a mí padre de avanzada edad a una heladería. Me demoro un momento en subirlos a él y su silla de ruedas al auto. Pesan. Oigo bocinazos largos, pegados. Atisbo un par de vehículos elegantes y caras disgustadas. Discúlpeme con estos señores, le pido al cuidador mientras transpiro. Él me contesta: “Ni se moleste señora, esta es gente que no ve”. Pienso que la riqueza ha llegado al país en su peor momento espiritual. Con un alma saturada por los medios y una identidad endeble, le damos la espalda a la realidad, incapaces de ver y apreciar lo que nos rodea. Como nuevos ricos prósperos sin colchón de formación que amortigüe, nos obsesionamos con las apariencias y la imagen.

 

Recuerdo un chiste de Lukas. A un hombre lo rodea una naturaleza deslumbrante volcanes, lagos, cielo, pero no la mira; en cambio se maravilla con el paisaje de un televisor que preside su living. Hay jóvenes que se desplazan cual jorobados sobre sus celulares mientras la ciudad y su gente transcurren ajenas; hay políticos que no deciden sin su ejército de publicistas; hay empresas que gastan millones en asesorías que enseñan a saludar; hay ejecutivos que se emocionan con videos que muestran cómo son sus propios empleados. Hasta hay padres que prefieren su iPad y necesitan un manual para entender a sus hijos. Hemos perdido la capacidad de relacionarnos. Para todo necesitamos asesores.

 

El peor pecado hoy, sobre todo para la élite, es no estar al día, en la cresta de la ola, pero ¿de que? El 75% de los chilenos se informa por al TV en cuya parrilla predomina el espectáculo. Nueve de cada 10 chilenos se conectan cada día a la web y en el mejor de los casos miran titulares, están al día de los trending topics, siguen a su gurú y se divierten con vídeos y chistes. Pocos invierten tiempo y recursos en obtener un relato más completo y coherente. Hago clases en la universidad y doy fe de que con gente que dispone de la mejor tecnología, hago malabares para que enriquezca su pobre percepción de la historia y la actualidad.

 

No exagero. Pregúntale a un “informado” sobre el Papa en Berlín, tal vez en el discurso más clave del líder más importante de nuestro tiempo; luego pídale que hable del Factor X o de Bielsa, cuyos avatares curriculares seguro domina con precisión científica.

 

La confusión llega a tal punto que un amigo me dice: “Siento que no he logrado nada en la vida”.Quedo perpleja. El tipo madruga hace dos décadas, ha construido un patrimonio matrimonial, familiar y laboral notable. Pero no es famoso, no figura en ningún ranking de felicidad, ni nadie la sigue en Twitter. Entonces desprecia su propia vida. En el inicio de este Nuevo Año pido un regalo: que nuestro ICE – Indice de Capital Espiritual – se empareje con nuestro alabado PIB. Aunque debamos reaprender a ver para valorar y vincularnos de vedad al vecindario, a la ciudad, al país y a este mundo que también es nuestro.

 

Tomado de El Mercurio, Columna de Opinión, 7 de enero, 2013